Notas de prensa

Las historias de solidaridad y compañerismo se suceden cada día en La Buena Estrella, en El Fraile, el único comedor social y centro de pernoctación de emergencia del Sur que representa un modelo en la ayuda a los más desfavorecidos

A la una de la tarde no queda una plaza libre en el comedor social La Buena Estrella de El Fraile. 40 personas de diferentes nacionalidades, entre ellas dos niños que no deben tener más de 3 años y una bebé en su carrito junto a su madre, se sientan a la mesa para degustar el menú que sirven Alexis y Charly y que incluye sopa de pollo, pescado con papas, costillas de cerdo, pollo asado, fruta y yogures. Minutos antes del almuerzo, una veintena de alumnos del colegio IES Ichasagua de Los Cristianos, acompañados de un par de profesores, entregaban, por tercer año consecutivo, varias cajas de alimentos y productos de aseo personal y limpieza a la responsable del local. La generosa acción de estudiantes y docentes fue correspondida con una ovación de todo el salón.

Después del postre el local se vacía. Mientras algunos usuarios se sientan en el sofá para ver un rato la televisión junto a un árbol de Navidad que brilla de una manera especial, otros pasan una fregona al suelo, limpian mesas y lavan bandejas, platos y vasos para que todo esté en perfecto estado de revista para la cena.

Testigo de todo, Marlene Nin, directora de Operaciones de Adrián Hoteles, fundación creada en mayo de 2017, que acaba de salvar la continuidad del comedor, atosigado por la burocracia de las administraciones y los consiguientes retrasos en la tramitación de ayudas. La citada fundación ha despejado el camino del alquiler del local durante este año, al abonar los 8.000 euros de su coste. Un problema menos para Solange Díaz de las Casas, directora del comedor y del centro de pernoctación de emergencia La Buena Estrella, primeras instalaciones de estas características en el Sur.

Hasta 22 personas, todos varones, duermen a diario en estas dependencias, “aunque siempre dejamos una cama sin usar para algún caso de extrema necesidad”, aclara Solange, que no se cansa de repetir que “son personas que han tenido mala suerte en la vida”. Aquí, además de literas, decoradas en estas fechas con motivos navideños, se les da desayuno, almuerzo y cena. Andrés Villa, un exusuario de 65 años, ahora contratado como trabajador, se encarga de que todo funcione como un reloj: “La gente es muy tranquila, nadie roba, ni hay personas agresivas, no se permite ni una gota de alcohol, la ducha es obligada todas las noches antes de meterse en la cama y quienes quieran fumar antes, saben que han de salir de uno en uno para no molestar a los vecinos. Esas son las principales reglas que tienen que cumplir”.

Él mismo se encarga de ir cada tarde al parque acuático Siam Park a recoger los excedentes de alimentos para repartirlos como cenas calientes al caer la noche. “Comemos el mismo bufet de lujo que los turistas: chuletas, pollo…”, afirma con una sonrisa que no logra borrar los zarpazos de la vida marcados en su rostro. Mientras todos duermen, él monta guardia durante la madrugada recostado en uno de los sofás de la entrada, lugar en el que se puede ver la televisión hasta la medianoche. Alguna vez ha tenido que llamar a una ambulancia por la indisposición de algún usuario, la mayoría de ellos extranjeros, pero nunca por una reyerta. “Hay marroquíes, ingleses, alemanes, rusos, polacos y Juanito”, señala el responsable del área de dormitorio, de gesto amable y mirada noble, a quien la vida no se lo ha puesto fácil. Fue desahuciado en Arona al no poder hacer frente al pago del alquiler y de la noche a la mañana se vio en la calle. “No tenía adónde ir y me derivaron aquí, donde descubrí a Solange, que es como un ángel para todos. Aquí he conocido a mi nueva familia”.

En el exterior, Yaiza y Domingo se funden en un abrazo. Ella, taxista y trabajadora social en excedencia, no para de llorar, y él no se cansa de darle las gracias. Domingo acaba de ingresar en el comedor y hoy pasará su primera noche. No tendrá que dormir más abrigado con cartones en un banco junto a la estación de guaguas de Los Cristianos, donde Yaiza lo descubrió un día al volante hace tres años y su bondadoso corazón se abrió de par en par.

Domingo, de 44 años y con cara de buena gente, se quedó en la calle después de celebrar una fiesta con amigos y alcohol que acabó en alboroto y que trajo como consecuencia el cambio de cerradura al día siguiente por parte de la propietaria de la vivienda. Desde aquella fecha contempla las estrellas cada noche entre cartones y tetrabriks de vino antes de coger el sueño. Una vez a la semana echa una mano en un almacén de Las Verónicas donde a cambio le dan 20 euros.

Yaiza le ha comprado ropa y se encarga de lavarla. “No me des nada porque me lo van a robar”, le dice él cada vez que recibe una nueva prenda, escarmentado por amargas experiencias sufridas durante tantas noches al raso. No solo le han arrebatado lo poco que tenía sino que algún desaprensivo le ha llegado a apagar cigarrillos en una mano mientras dormía. Pero ahí estaba su ángel de la guarda, para llevarlo en su taxi a un centro de salud y hacerle las curas en los días posteriores. “Este año me dije: si Domingo no tiene un techo para Navidades, me lo llevo para casa”, relató Yaiza a este periódico mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

“Ya se acabó todo”

Por suerte, ese techo lo acaba de encontrar en El Fraile y la emoción les puede a ambos: fundidos a la entrada del comedor en un abrazo interminable, del que fue testigo DIARIO DE AVISOS, ella le susurra al oído entre sollozos: “Ya se acabó todo, Domingo, ya se acabó todo”. Y él le devuelve la mirada de un niño al que los Reyes Magos le acaban de dejar el regalo que soñaba.

La expresión de Domingo fue casi la misma que se les quedó, el pasado día 24, a los nueve niños que atiende el centro cuando vieron entrar por sorpresa, después de un almuerzo especial, a Papá Noel, cargado de regalos con los nombres de sus destinatarios. Su presencia emocionó a grandes y pequeños, especialmente a los más menudos, que no se atrevían ni a pestañear, en una escena que recordaba la entusiasmada mirada del pequeño Giosué, en La vida es bella, el inolvidable film de Roberto Benigni. Y es que, por encima de todo, la Buena Estrella es una fábrica de solidaridad y de compañerismo, donde las muestras altruistas se suceden una tras otra. Hace un par de domingos, sin ir más lejos, peluqueras de la ONG Tijeras Solidarias acudieron al centro a cortar el pelo gratuitamente a una treintena de usuarios.

Pese a todo, a la directora prácticamente no le queda tiempo para contemplar una obra que inició junto a Laura Infante (hoy en otros proyectos sociales) el 18 de noviembre de 2014.

Buscar financiación

El día a día de Solange Díaz está marcado por los quebraderos de cabeza para buscar dinero debajo de las piedras y mantener a flote una nave a la que cada vez se suben más pasajeros. Por eso cuando le preguntamos qué le pide al nuevo año, no duda en responder: “Conseguir estabilidad económica para seguir dando de comer y ofrecer un techo a quienes no tienen nada”. Su mensaje se dirige a empresas, hoteles, particulares e instituciones que la quieran escuchar.

El Gobierno de Canarias aporta 40.000 euros al año; el Cabildo, cuya subvención oscila en función de las asociaciones que optan a una ayuda, aún no ha tramitado su partida económica este año, y el Ayuntamiento de Arona, que también acumula retraso, destina 20.000 euros. La última administración pública en arrimar el hombro ha sido el Ayuntamiento de Granadilla, que firmará próximamente un convenio por el que destinará 5.000 euros al comedor. Porque hasta aquí llegan personas no solo de la comarca sur sino de toda la Isla e, incluso, últimamente se ha incrementado el número de usuarios que acaban de recibir el alta médica en el Hospital de La Candelaria y no tienen a dónde ir. La mayoría, además, llega sin la medicación correspondiente. Solange también tiene palabras de agradecimiento para el servicio de catering Eurest y para empresarios como José Fernando Cabrera, presidente del FAST, que realiza aportaciones de alimentos periódicamente, la última, 200 litros de leche hace 10 días.

A la entrada del salón, llama la atención una frase escrita de puño y letra por algún usuario en una pequeña pizarra donde aparecen varios agradecimientos: “La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos”. Ese es el camino que parece abrirse ante quienes el único golpe de suerte que han conocido en muchos años es descubrir una familia que les esperaba en un comedor social en El Fraile, a donde llegaron guiados por un nombre premonitorio: La Buena Estrella.

En los últimos meses ha crecido la presencia en el comedor social de jóvenes marroquíes que han llegado a las Islas en patera y que salen del Centro de Internamiento de Hoya Fría. Chicos como Mahdi, de 24 años, que, tras alcanzar las costas canarias hace seis meses, duerme desde agosto en la playa de Las Burras, a escasos 500 metros del local en el que encuentra su ración diaria de comida caliente. “En Marruecos la vida está muy mal, no hay trabajo para la gente joven”, chapurrea en español este exlimpiador de pescado que ahora sueña con una nueva vida en Europa.

Fuente: Diario de Avisos. Juan Carlos Mateu